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“Olvidar la creatividad del pasado es una falta de previsión; es limitar los recursos del futuro de una manera tan seria como talar los bosques o contaminar el agua y el aire”.
Ana Pellicer, escultora mexicana, en su ponencia Las Artesanías y el Turismo, Encuentro internacional sobre Turismo Cultural en América Latina y el Caribe, La Habana, Cuba, 1996.
La artesanía es tan antigua como la humanidad. Manos que tallan armonía y belleza en la materia. Tanto si conserva los fines utilitarios de sus inicios como si busca la producción de objetos estéticamente agradables, la artesanía es una parte visible de la diversidad cultural: representa una forma muy valiosa de expresión cultural, un capital de autoafirmación que es especialmente importante para el desarrollo de los países.
La artesanía toma sus raíces de tradiciones antiguas, que son renovadas por cada generación, y permanece en el umbral de las industrias culturales. Los artesanos no sólo conservan el patrimonio cultural sino que también lo enriquecen y adaptan a las necesidades de la sociedad contemporánea.
Aparece un nuevo concepto de artesanía que pretende aglutinar no sólo las manifestaciones artesanas enraizadas con las tradiciones populares, sino también, todas aquellas actividades que, incorporando nuevos procesos productivos, materiales y diseños, conservan un carácter diferencial respecto a la producción industrial seriada.
Las numerosas y ricas comunidades artesanales de América Latina y el Caribe se han convertido en una atracción perfecta para el turismo de la región. Pero es vital no limitar el aspecto turístico y comercial de la artesanía. Para ello hay que apoyar y trabajar intensamente junto a los artesanos y ayudarles a encontrar las maneras y caminos más idóneos para que puedan seguir conservando y desarrollando sus modos de producción.
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